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| “Con cinco medias hicimos la pelota y aquella misma tarde perdimos por un gol...” |
Recuerdo que cuando la muni construyó la canchita de baby, todos fuimos felices. Los niños, por supuesto, fuimos los primeros, porque la vimos como la primera estación real en nuestro viaje a convertirnos en profesionales. Los vecinos, claro, porque se iba a acabar el griterío en los pasajes, los vidrios quebrados por algún pelotazo y los perros ladrándonos en los ante jardines. Y nuestros papás, porque ya no íbamos a cruzar las calles corriendo detrás de una pelota, con el peligro vivo de los autos y las micros.
Con la cancha llegaron los equipos, que nacieron apenas se cortó la cinta de inauguración. Yo tenía 9 años y miraba desde la puerta de mi casa los primeros partidos infantiles, sobre protegido y poco callejero, pero también porque aunque del del fútbol lo sabía todo a nivel de información; reglamento, historia, campeontos, mejores de la historia, etcétera, nunca había jugado en algún equipo o me había puesto la camiseta de algún club. De árbitros y de entrenadores, ni hablar. Unas cuantas pichangas en la tarde si es que había terminado las tareas.
Después de varias semanas, mi mamá entendió que yo cruzaría a la cancha en algún momento por las mías y decidió darme el empujon para no llegar tan solo donde los pelusas. Escogí el club Santa Teresa, primero porque los cabros se veían un poquito menos vándalos y porque era el único equipo que jugaba con tenida completa en esos primeros campeonatos. Era una réplica del equipamiento de la selección Argentina, con camiseta albiceleste, pantalón negro y medias blancas. Una maravilla.
Recueros que mi mamá le pagó los 100 pesos que costaba “la camiseta” a don Rafa, que era el Director Técnico y encargado de las series menores del Santa Teresa, me pasaron mi equipo y me preguntaron “¿De qué juegas tú?”, “De delantero” dije de una, no existía otro puesto cuando uno es niño. Si bien tenía un profundo respeto por el Cóndor Rojas, siempre había querido ser Carlitos Caszely y ahora último el letal puntero Pato Yáñez o el recién llegado Marcelo Pablo Barticcioto.
“Ok, vas a entrar de defensa”, me fulminó el viejo Rafa, cómo le decían el resto de los muchachos y levantó la mano para pedirle el cambio al árbitro. Debe haber sido el momento más feliz de mis cortos años de vida, era mi debut, la camiseta me quedaba fantástica, iba a demostrar todo lo que había aprendido en la televisión y los libros respecto al fútbol.
Pero acá no habían tácticas con niños de 10 años. Todos corrían hacia adelante tratando de pegarle fuerte al arco y gritar un gol. No sabía dónde ponerme, había empujones, patadas en las canillas, nadie te daba un pase, era un caos total. Casi no la había tocado en los 10 minutos que llevaba en juego, de hecho los cabros que estaban afuera le decían al viejo Rafa “¡pa que puso a ese si no tiene idea!”
Al rato hubo un lateral al borde del área de nuestro portero. Esta es la mía, pensé, si no era por abajo en todo ese desorden, por arriba tenía que demostrar que sabía jugar.
Salté alto cuando hicieron el saque con las manos, les gané a todos. Y cuando cabecié sentí la tranquilidad de que al fin entraba en el juego porque le pegué fuerte y seguro. Cuando toqué tierra y abrí los ojos, me dolía la parte del cráneo con la que impacté la pelota, que era de esas viejas, pesadas, con pituto para inflarlas. Pero más me dolió el alma cundo vi a los del otro equipos celebrar el auto golazo que había hecho y a mis compañeros puteándome, literalmente, por ser tan weon.
El viejo Rafa me sacó, recuerdo, matándome un poco más todavía y mi mamá me tuvo piedad y se fue caminando un par de metros adelante de mí, porque si no la abrazaba y me ponía a llorar ahí mismo.
Ese fue mi debut. Terrible. castrador, para nunca más volver a pisar una cancha. Pero me prometí que lo volvería a intentar y me convertiría un gran jugador de fútbol. En la casa me dieron doble ración de papas fritas, para la pena.

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